La oveja que no había encontrado su manada

(“la oveja negra de la familia”; inapropiado en tantos sentidos…) 

Por: Cecy Ortiz

Para mi mamá soy hija única pero para mi papá soy la octava y última. Cuando nací, mi  mamá tenía 22 años y mi papá 60, una brecha de edad que durante muchos años fue parte  de mi normalidad pero que un buen día comencé a cuestionar. Aún no hay respuestas pero  sí crecieron las preguntas… 

No tuve hermanos, por 15 años no tuve vecinos (de mi edad) y prácticamente no conviví  con mis primos. Durante gran parte de mi infancia y adolescencia mi mamá no habló con  su familia. En esos años escuché muchas veces a mi padre decir “no les importas, no te  quieren”. Sabía que estaba mal que mi papá dijera esas atrocidades, pero fue hasta años  después que pude nombrarlo como una forma de generar dependencia a partir de la ruptura  de lazos familiares.  

Por muchos años vivimos en un terreno muy grande donde mi papá tenía un taller mecánico  y mi mamá una tienda de abarrotes que siempre la hizo infeliz (ambos trabajaron duro por  mi bienestar, sobre todo el material). Creo que ninguno de los dos supo qué hacer conmigo  así que podía pasar horas y horas frente al televisor. Fui una “niña televisa”.  

Mi casa siempre fue campo minado, todos contra todos. Crecí con miedo y resentimientos,  siempre quise huir pero nunca pude. Retumbaban en mi cabeza las otras barbaridades que  mi padre siempre le dijo a mi mamá “ella nunca te va a sacar de un problema, se va a ir y  te va a dejar, entiéndelo”. Claramente no quería estar ahí pero tampoco quería que mi  mamá se sintiera abandonada.  

Tenía 14 años cuando mi mamá tuvo que salir de casa a buscar trabajo porque el dinero  era poco y si no alcanzaba “pues sácala de la escuela”, cosa que no estuvo dispuesta a  permitir. Eso me convirtió en la “mujer de la casa”. A partir de ese momento empecé a  ejercer el papel de cuidadora, ese para el que ya se me había entrenado.  

Desde niña mi papá me “hizo entender” que mi sitio era en la cocina, ayudándole a mi  mamá. No había permisos (para salir) si no me los ganaba. Ganármelos significaba tener  mi casa limpia. No había permisos de todas maneras… “Lo que pasa es que no te gusta  estar en tu casa”, decía.  

Sabía que los modos de actuar de mi papá estaban mal pero no les había puesto un  nombre. De lo que sí estoy segura es que siempre fui una mala hija, una mala mujer de 

hecho, porque “¿qué vas a hacer cuando te cases?”. Nunca me preocupé por lavar la ropa de mi papá, nunca hacía nada y si hacía algo lo hacía de mala gana, cocinaba porque yo  también tenía que comer, argumentaba. De todos los hijos que tuvo mi papá, ninguno le  había salido malo. “No sé qué daño hice que contigo estoy pagando”, solía decir.  

Mi “problema” ha sido que nunca me he quedado callada y menos ante actos de injusticia.  En aquel campo minado, recuerdo que un buen día le puse nombre a todo y finalmente le  dije machista. Reiteraba mi papel de mala hija por “irrespetuosa”.  

Crecí luchando por mi libertad porque “una señorita debe estar en su casa, no se sube a  los carros de nadie ni da de qué hablar”. Mi vida era de la casa a la escuela y de regreso.  Claramente no tenía vida social y me costaba (cuesta) mucho trabajo crear lazos de amistad  sólidos porque “no tienes que contarle a nadie tus problemas, tus problemas son tuyos y  nadie tiene porque saberlos”. 

Decidí escribir esta síntesis autobiográfica como acto de amor propio. Como una forma  tangible de reconciliación ante mis exigencias basadas en fantasmas de la infancia.  

Dicen que nadie nace feminista, la verdad es que “no hace mucho que participo en la  conversación”. Lo pongo entre comillas porque ahora entiendo que desde la infancia  reconocí el mandato patriarcal y desde entonces me he posicionado en contra. Ahora sé  que el uso de mi voz siempre ha sido mi acto revolucionario. 

Admiro profundamente a las morras chingonas que desde años atrás han sido parte del  movimiento en las calles, colectivas, mesas de dialogo, refugios y demás organizaciones.  A todas ustedes, gracias por darlo todo desde siempre y por abrirle paso a la colectividad.  Con ustedes aprendí que yo también soy una morra chingona. 

Recientemente, entre botas, tennis, flats, ropa negra y multicolor, pantalones, shorts,  pelucas, máscaras, vestidos y paliacates comprendí que más allá de lo que nos hace únicas  está lo que nos une y eso nos hace chingonas porque abraza, sostiene y construye. 

En palabras de mi más reciente descubrimiento feminista, Jimena González, “tus contextos  te obligan a hablar en voz alta” y después de tantos años de machismos, micromachismos,  machismos heredados, ecos del machismo, machismos institucionales, actitudes machistas  entre mujeres y otras derivaciones que nunca me hicieron sentir parte de algo, finalmente  encontré con quien alzar la voz. Por fin me siento tranquila porque sé que esta es mi  manada. ¡No se va a caer, LO VAMOS A TIRAR!

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