¿Cómo nos queremos reconocer?

|Por Esther del Carmen Rodríguez Boruel|

Cómo mujeres sabemos que, en ocasiones, la vida es generosa y nos regala un ser sintiente que llega en el momento justo, para ayudarnos a superar una situación o problema. Algunas permaneceran con nosotros en cada estación de nuestra vida, otras sólo el tiempo necesario para ayudar a superar. Invariablemente todas serán apoyo, consejeras, oidos, medicina, o luz.
Otras veces la vida nos presenta personas que nos causan dolor: que nos dañan, no sólo en lo físico, sino en nuestra autoestima y reputación; queriendo así destruir el amor a nosotras mismas, y la visión que los demás tienen de nosotras.
Hoy quiero agradecer a ambas: primero, a las que con su ejemplo me hacen
reflexionar para ser mejor ser humano; y en segundo lugar a las que no pueden dar amor ni bondad, por que me hacen más fuerte y me muestran lo que no quiero ser. Ambos tipos de personas nos dejan una enseñanza valiosa.
Y tú, ¿cuál de las dos eliges ser?

SANACIÓN SORORA

|Por Mimi Cabrera|

A casi 4 meses de confinamiento sanitario por el coronavirus, lo inimaginable sucede, y el tiempo se ha ido lento, por lapsos se ha detenido, y casi sin pensarlo se acelera. Se agradece aún más hoy por estar vivas, pero la crisis es crisis, porque la aprobación de tu cirugía de litiasis de riñón, se ha suspendido; y ruegas para que tu riñón no se infecte, y ruegas a tus células para que te ayuden y trabajen, y te bebés todos los remedios naturales esperando un milagro. Por tu salud no podías trabajar, y cuando al fin te conceden entrevista de trabajo, se da el aviso oficial de contingencia sanitaria, y compruebas que nada es seguro en esta vida, te cancelaron tu entrevista. y no generas un salario, te ves obligada a pedir asilo una vez más en casa de tu madre, y te reciben con todo gusto a ti y a tu cría, y claro, condicionada también con tu mascota. Sobrevives haciendo repostería, hasta que la economía afecta a la poca clientela, y ya no puedes vender, ya no hay ganancias. Somos libres, pero estamos viviendo en prisión domiciliaria; algo así cómo cuando tenemos familia y nos dan su apoyo, hasta que la hostilidad y el acoso impera día a día volviendo insoportables los días, intoxicándote, y las noches en vela no ayudan. Entonces surgen escenarios prometedores y exitosos, pero la incertidumbre domina y los nervios te guían, así te deprimes sin caer en la cuenta, y disfrutas más dormir en el día, dormir y soñar, sin importar más nada, hasta que un abrir de ojos, respiras, estás viva, te levantas de la cama, te duchas, te maquillas, y eres nuevamente una diva; y quieres salir al café, aceptar la cena prometida, tener charlas extendidas, la música: cantarla y bailarla, flirtear, aceptar un abrazo, tomar la iniciativa y besar esos labios, saborear el aliento degustando su sabor, embriagarte con caricias, follar rico, follar duro, con amor propio y por la vida, con ternura, y gemir, gritar, llegar al clímax, tener orgasmos y ¡vibrar!…pero el tiempo que sea detenido te recuerda que la perfección por ahora solo vive en tus pensamientos, porque no hay trabajo, no hay ingreso, no puedes salir, tú obesidad te pone en riesgo, no hay música en vivo ni bailes ni abrazos ni besos, ¡chingao!. Y después de unas lindas selfies, te rompe el llanto, y te invade el miedo…y, ¿si te escapas una tarde?, ¿si te contagias?, ¿y si mueres?, ¿qué pasará con tu pequeño?, ¿a dónde irás entonces?, ¿quién pagará los gastos?,  ¿y si yo muerta la familia de mi ex y él, se quisieran llevar a mi niño?, ¿y si contagian a mi hijo mayor en su trabajo?, ¿y si se me mueren mis hijos?, ¿y si mi madre resultara positivo a covid-19?, ¿y si se pusiera grave y no pudiera salvarla?,  ¿y si no vuelvo a verlos?; Entonces te quiebras más, y toda la seguridad se evapora, y se queda ese temblor en todo tu cuerpo, el llanto no cesa, ¡y quieres gritar!, pero solo lloras, te sientas, te acuestas en posición fetal y recuerdas: respiración, inhalas, exhalas, te calmas… concilias el sueño, y gritos histéricos te despiertan con sobresalto: reproches, hostigamiento, violencia sistemática, toxicidad familiar. Haces tus deberes y descansas. Te refugias y te entretienes en las redes sociales, te informas, te saturas, te capacitas, te enamoras, te desenamoras, te ilusionas, te desahogas, hasta que te hartas. Pero recuerdas tú resiliencia buscando en tu pasado tus caídas fuertes y trágicas, tus sanaciones, tus inicios, tu historia, entonces te desbloqueas y te activas. Así es como logras ver que no solo eres tú con tus hijos, qué sin pensarlo podrías estar sufriendo desde, incluso, un lugar privilegiado en comparación con la situación vulnerable de otras mujeres.

Ves el horizonte, te unes a los colectivos locales para recolectar despensas y poder donar a mujeres de tu localidad en situaciones más vulnerables que la Tuya, porque si las hay… Te unes a colectivos nacionales para colaborar en actividades ocupacionales y de aprendizaje, del feminismo y su historia, del papel de las mujeres dentro del feminismo… y así sin darte cuenta en el momento, tus compas, las niñas del colectivo, las hermanas desconocidas, te alientan, te fortalecen, te admiran, te ayudan a construirte, te impulsan y te sanan…  

La sororidad nos salva de muchas maneras, en situaciones de violencia, cualquier tipo e intensidad, ella es quién nos orienta, nos hace sentir seguras del paso a dar, nos hace sentir más fuertes y valientes para denunciar desapariciones, agresiones, acoso, para alzar la voz y que retumbe, para acompañarnos; La sororidad es la que nos mantiene en pie, enfocadas, para no ceder a nuestras emociones, a mantener una cordura dentro de la locura de cada una de nosotras; Es la que nos da mucha más resistencia para sobrevivir de una manera digna, a pedazos pero enteras, atravesando estos virus de covid-19 y de violencia. ¡No estás sola!, ¡estamos aquí!, ¡resistimos juntas!.

La oveja que no había encontrado su manada

(“la oveja negra de la familia”; inapropiado en tantos sentidos…) 

Por: Cecy Ortiz

Para mi mamá soy hija única pero para mi papá soy la octava y última. Cuando nací, mi  mamá tenía 22 años y mi papá 60, una brecha de edad que durante muchos años fue parte  de mi normalidad pero que un buen día comencé a cuestionar. Aún no hay respuestas pero  sí crecieron las preguntas… 

No tuve hermanos, por 15 años no tuve vecinos (de mi edad) y prácticamente no conviví  con mis primos. Durante gran parte de mi infancia y adolescencia mi mamá no habló con  su familia. En esos años escuché muchas veces a mi padre decir “no les importas, no te  quieren”. Sabía que estaba mal que mi papá dijera esas atrocidades, pero fue hasta años  después que pude nombrarlo como una forma de generar dependencia a partir de la ruptura  de lazos familiares.  

Por muchos años vivimos en un terreno muy grande donde mi papá tenía un taller mecánico  y mi mamá una tienda de abarrotes que siempre la hizo infeliz (ambos trabajaron duro por  mi bienestar, sobre todo el material). Creo que ninguno de los dos supo qué hacer conmigo  así que podía pasar horas y horas frente al televisor. Fui una “niña televisa”.  

Mi casa siempre fue campo minado, todos contra todos. Crecí con miedo y resentimientos,  siempre quise huir pero nunca pude. Retumbaban en mi cabeza las otras barbaridades que  mi padre siempre le dijo a mi mamá “ella nunca te va a sacar de un problema, se va a ir y  te va a dejar, entiéndelo”. Claramente no quería estar ahí pero tampoco quería que mi  mamá se sintiera abandonada.  

Tenía 14 años cuando mi mamá tuvo que salir de casa a buscar trabajo porque el dinero  era poco y si no alcanzaba “pues sácala de la escuela”, cosa que no estuvo dispuesta a  permitir. Eso me convirtió en la “mujer de la casa”. A partir de ese momento empecé a  ejercer el papel de cuidadora, ese para el que ya se me había entrenado.  

Desde niña mi papá me “hizo entender” que mi sitio era en la cocina, ayudándole a mi  mamá. No había permisos (para salir) si no me los ganaba. Ganármelos significaba tener  mi casa limpia. No había permisos de todas maneras… “Lo que pasa es que no te gusta  estar en tu casa”, decía.  

Sabía que los modos de actuar de mi papá estaban mal pero no les había puesto un  nombre. De lo que sí estoy segura es que siempre fui una mala hija, una mala mujer de 

hecho, porque “¿qué vas a hacer cuando te cases?”. Nunca me preocupé por lavar la ropa de mi papá, nunca hacía nada y si hacía algo lo hacía de mala gana, cocinaba porque yo  también tenía que comer, argumentaba. De todos los hijos que tuvo mi papá, ninguno le  había salido malo. “No sé qué daño hice que contigo estoy pagando”, solía decir.  

Mi “problema” ha sido que nunca me he quedado callada y menos ante actos de injusticia.  En aquel campo minado, recuerdo que un buen día le puse nombre a todo y finalmente le  dije machista. Reiteraba mi papel de mala hija por “irrespetuosa”.  

Crecí luchando por mi libertad porque “una señorita debe estar en su casa, no se sube a  los carros de nadie ni da de qué hablar”. Mi vida era de la casa a la escuela y de regreso.  Claramente no tenía vida social y me costaba (cuesta) mucho trabajo crear lazos de amistad  sólidos porque “no tienes que contarle a nadie tus problemas, tus problemas son tuyos y  nadie tiene porque saberlos”. 

Decidí escribir esta síntesis autobiográfica como acto de amor propio. Como una forma  tangible de reconciliación ante mis exigencias basadas en fantasmas de la infancia.  

Dicen que nadie nace feminista, la verdad es que “no hace mucho que participo en la  conversación”. Lo pongo entre comillas porque ahora entiendo que desde la infancia  reconocí el mandato patriarcal y desde entonces me he posicionado en contra. Ahora sé  que el uso de mi voz siempre ha sido mi acto revolucionario. 

Admiro profundamente a las morras chingonas que desde años atrás han sido parte del  movimiento en las calles, colectivas, mesas de dialogo, refugios y demás organizaciones.  A todas ustedes, gracias por darlo todo desde siempre y por abrirle paso a la colectividad.  Con ustedes aprendí que yo también soy una morra chingona. 

Recientemente, entre botas, tennis, flats, ropa negra y multicolor, pantalones, shorts,  pelucas, máscaras, vestidos y paliacates comprendí que más allá de lo que nos hace únicas  está lo que nos une y eso nos hace chingonas porque abraza, sostiene y construye. 

En palabras de mi más reciente descubrimiento feminista, Jimena González, “tus contextos  te obligan a hablar en voz alta” y después de tantos años de machismos, micromachismos,  machismos heredados, ecos del machismo, machismos institucionales, actitudes machistas  entre mujeres y otras derivaciones que nunca me hicieron sentir parte de algo, finalmente  encontré con quien alzar la voz. Por fin me siento tranquila porque sé que esta es mi  manada. ¡No se va a caer, LO VAMOS A TIRAR!