Señora

|Por Ícare|

No quiero ser tu señora, la mujer de tu casa

Ama y dueña de tu cocina.

No me voy a dedicar en cuerpo y alma a compartir tu cama

Y siendo franca, eso de jugar a tu copiloto ya no me queda.


Estoy cansada, mi amor, del sexo y de que me digas “estás bien rica”

Dices “eres mía” y el suelo ya no supone ningún límite para la libido que baja y baja,

Y mira tú, que osadía: no me llamaría yo tuya por más que me sintiera muy mía 

Y la verdad es que ni soy tuya ni soy comida.


Para ya con el “te amo” que me da más pena que miedo la facilidad con la que crees que me la creo.

En lo más profundo de la posesión, como dice o decía el Cortázar ese

Empecemos por ser honestos, tú y yo no tenemos ni una ni otra

Ni la acción ni la palabra, ni la profundidad ni la posesión


Y lo cierto es que así me tienes, entre la palabra y la acción

Una puede parecer compleja, la otra ser bastante simple y viceversa

Tú puedes decir “aritmética” y contarte los dedos de las manos

Puedes decir misa y hacemos como que te creo mientras otra vez me imagino que ya saldé contigo cada deuda y que ya ni siquiera me llamas amiga. 


Perdón, mi vida, pero eres pan con lo mismo 

¿Hay o hubo algo debajo de tantas capas de pose y fachada? 

Qué suplicio que tu personalidad sea leer la Proceso, ser el centro de atención y mantener las apariencias. 

Fluctúas entre la mueca callada y repetir tus infalibles de alma de la fiesta. ¿No puedes hacer eso mismo pero con otra veinteañera?


Vete. Vete que ya no puedo ni contigo ni con los eufemismos para evitarme tu nombre, 

Déjame, mi amor, crecer por mi lado, ya no me digas “es que tú estás bien morra” 

Vete, y ya no me quieras comprar más jaulas

Que sí quiero ser mujer pero no quiero ser tu señora.

Crónica de un feminicidio anunciado

|Por Reyna M. Leaño|

En el transcurso de la insípida cotidianidad recurrente, al llegar el fin de la jornada…


El camino a casa se convierte en una persecución latente.


Cuadra tras cuadra se avecina una agonía, las calles estrechas y oscuras que favorecen este pánico del día a día.


No uses escotes, mucho menos faldas, hay que pasar desapercibida ante todas las miradas.


Camina más rápido, camina sin mirar atrás, toma el primer bus, entra a la primera tienda, mantén siempre a la mano tu gas pimienta.


Pareciera una pesadilla que nunca acaba, ni al llegar al bus, ni a casa, mi verdugo se encuentra en todas las paradas.


¿Quién será aquel que nos atosiga en cada esquina? ¿Será que no se cansa? ¿O qué acaso no le importa herir a una niña?


Es el enemigo colectivo, se llama misoginia, hijo del patriarcado nuestro pan de cada día.

Dame la mano hermana, caminemos juntas, de noche o de día, autodefensa feminista.

El despertar de la Chula

|Por Esmeralda López / Ilustrado por Carolina Rivera|

Y… así… despierta La Chula.

Llena de temores e incertidumbres, primero sin darse cuenta, se hace consciente de su cuerpo. ¡Se siente ajeno! Como el que no ha tocado en años…
Sin embargo, apenas ayer, fue el último día en que lo hizo suyo.  Luego, posa su mirada en el suelo. Sigue siendo de madera vieja, maltratada, bella.  Le gusta más que el cuerpo que no conoce. Ahora se da vuelta y observa el techo. ¡¿Qué ha pasado con su cielo?! Se nota triste, sin rostros amigables con los cuales juguetear y hacerse historias.

 Le falta algo… 

La Chula aún no sabe qué. Entonces, regresa a su cuerpo. Hay cicatrices, las observa pretendiendo no saber de dónde vienen. Se ríe por dentro, se mofa de aquellos que dicen que éstas no duelen. ¡A claro que duelen! Duelen del recuerdo, de lo acontecido, lo rememorado… 

Vaya pensamientos los de La Chula. Todavía no comienza el día y ya se ha atacado. ¿Pero qué le pasa? De nueva cuenta sus ojos buscan en donde plantarse. Esta vez están en las manos de alguien quien dice no ser.

Le parecen feas, arrugadas, tristes de una anciana. Asustada regresa la mirada a su entorno. De reojo la encuentran sus vellos, venas y lunares de un solo vistazo ¡¿Pero ¡¿quién me hace esto?! Ella no se responde, lo hace alguien más, como es costumbre. TÚ CHULA.

Se siente el vientre y los senos, como si una parte de ese cuerpo que tanto niega fuera a responderle.  Haciendo los oídos sordos al último comentario le entra el frío, se pone de pie. Camina hacia la ventana, la cierra, huyendo del aire helado mañanero. Regresa a la cama se envuelve entre cobijas renunciando al día y siguiéndole a los sueños.