¿Cómo nos queremos reconocer?

|Por Esther del Carmen Rodríguez Boruel|

Cómo mujeres sabemos que, en ocasiones, la vida es generosa y nos regala un ser sintiente que llega en el momento justo, para ayudarnos a superar una situación o problema. Algunas permaneceran con nosotros en cada estación de nuestra vida, otras sólo el tiempo necesario para ayudar a superar. Invariablemente todas serán apoyo, consejeras, oidos, medicina, o luz.
Otras veces la vida nos presenta personas que nos causan dolor: que nos dañan, no sólo en lo físico, sino en nuestra autoestima y reputación; queriendo así destruir el amor a nosotras mismas, y la visión que los demás tienen de nosotras.
Hoy quiero agradecer a ambas: primero, a las que con su ejemplo me hacen
reflexionar para ser mejor ser humano; y en segundo lugar a las que no pueden dar amor ni bondad, por que me hacen más fuerte y me muestran lo que no quiero ser. Ambos tipos de personas nos dejan una enseñanza valiosa.
Y tú, ¿cuál de las dos eliges ser?

Invierno en primavera

|Por Ana Ching|

Este invierno no marcha,
Hay un frío persistente sobre el pecho y mis rodillas,
celajes de una tarde imposible entre estos muros,
tu ausencia que concentra toda lejanía.

Este invierno no cede,
¿De las higueras, quién tomará su fruto?
¿Quién guardará las flores concentradas un ocho de marzo
a la sombra de jacarandas y puños negros levantados como resplandores?

Este invierno y su corona espectral,
estas manos que hoy no pueden tocar tu rostro,
este miedo que nos confina a extrañas conversaciones,
a silencios que prolongan el insomnio y desconcierto.

Siento

|Por Leslye Amaya|

En tiempos de pandemia media noche puede ser medio día.
Unas horas más o menos son irrelevantes porque igual tengo que funcionar a partir de las ocho am para arrastrarme a la computadora y al celular. Así que aunque siempre puedo dormir, no siempre quiero. Y no lo entiendo porque es lo que más amo por las mañanas y lo que menos disfruto por las noches. Sobre todo cuando tengo dificultades para respirar en mis doce metros cuadrados. Somos demasiados pensamientos y yo en estos metros. Y no quiero quedarme sola con ellos. No quiero preguntarles ni que me pregunten nada. No quiero volver a invitarlos a mi cama para que me hagan sentir miserable porque nada de lo que pensé-planeé para mi vida a mis 31 es. Nada es. Nada es y eso es lo único que ellos y yo tenemos claro. Pero igual insisten.
Me meto a la cama y me cubro completa. Ahí están. Mis miedos. Todos, como siempre, todas las noches. Cada uno es muy especial y últimamente el que más atención ha necesitado es mi pequeño miedo a la soledad. Se hizo pequeño cuando comenzó la contingencia. De repente tenía en el mismo espacio al gato de mi hermana, al embrión de mi hermana, al novio de mi hermana y a la mamá de mi hermana. De repente ya no me sentía tan sola. Había demasiada invasión para sentirme sola. Y mi pequeño miedo comenzó a pensar que todo lo malo allá afuera se quedaría allá afuera.
Pero no sé porqué me habita ni porqué se muda allá abajo. Regresa a mi mente cuando apago la luz, cuando me quedo en silencio. A veces me es difícil abrazarlo porque ha crecido. A veces no está porque ese día una amiga me recordó que me quiere y que soy grandiosa.
Pero en tiempos de contingencia a veces pienso que necesito que me abracen los miedos. Y a veces me convenzo de que si nadie lo hace, moriré; hoy de soledad y mañana de frustración, porque 31 no es lo mismo que 29, ni lo mismo que 25. Porque encontrar al amor a los 29 no es lo mismo que a los 25…porque los escenarios se complican, porque las expectativas se elevan, porque nadie las alcanza, porque son irreales, porque son mías, son mías amigas de mis miedos y juntos no me van a llevar a ningún lado… Mi terapeuta me lo decía mientras yo lloraba porque ya tenía 29 y me aterraba cumplir 30.
Desde entonces y ahora, casi todas las noches me pregunto… ¿Por qué te preguntas? ¿Porque quieres saber qué va a ser de ti? ¿Por qué quieres saber para qué estás viva? ¿Nos sirve de algo que te lo preguntes? ¿Nos sirves?
Hace cuánto no sirves.
Hace cuánto no sientes.
[…]
A veces me sangran los huecos. Son muchos y uno cada vez más grande que el otro, cada vez con más habitantes que me preguntan todas la noches qué va a pasar conmigo, y me abrazan. ¡Me abrazan tanto y tan fuerte que me ahogan y entonces trato de matarlos! De matarlos diciendo que nada importa, que todas vamos a morir, que no hay nada que podamos hacer. Que estamos solas. Que estoy sola.
A veces no quiero respirar porque vivir así me resulta monótono. Y la monotonía es una forma de no vivir. Y yo no quiero eso, nunca lo he querido. Algunas amigas dicen que no debo pensar en la muerte. Que es una forma de atraerla.
“Esta noche son 765 defunciones acumuladas en Oaxaca”, “Ayer fueron 745”, “El domingo fueron 736”, “El sábado…”, “El viernes…”
[…]
Mis amigas.
Tengo de todo tipo. Y cada una me ama a su manera. Me ama desde lo que cree que necesito y me habla además desde lo que cree que sé. Y en este momento lo único que sé es que sin ellas, mi miedo sería real. Por supuesto a veces vuelve y me arrastra. Me hace sentir miserable y me recuerda que estoy sola y que si sigo como hasta ahora, feminista, me voy a quedar sola para siempre.
Tal vez…
Pero con ellas.
O con las que estén.