Invierno en primavera

|Por Ana Ching|

Este invierno no marcha,
Hay un frío persistente sobre el pecho y mis rodillas,
celajes de una tarde imposible entre estos muros,
tu ausencia que concentra toda lejanía.

Este invierno no cede,
¿De las higueras, quién tomará su fruto?
¿Quién guardará las flores concentradas un ocho de marzo
a la sombra de jacarandas y puños negros levantados como resplandores?

Este invierno y su corona espectral,
estas manos que hoy no pueden tocar tu rostro,
este miedo que nos confina a extrañas conversaciones,
a silencios que prolongan el insomnio y desconcierto.

Siento

|Por Leslye Amaya|

En tiempos de pandemia media noche puede ser medio día.
Unas horas más o menos son irrelevantes porque igual tengo que funcionar a partir de las ocho am para arrastrarme a la computadora y al celular. Así que aunque siempre puedo dormir, no siempre quiero. Y no lo entiendo porque es lo que más amo por las mañanas y lo que menos disfruto por las noches. Sobre todo cuando tengo dificultades para respirar en mis doce metros cuadrados. Somos demasiados pensamientos y yo en estos metros. Y no quiero quedarme sola con ellos. No quiero preguntarles ni que me pregunten nada. No quiero volver a invitarlos a mi cama para que me hagan sentir miserable porque nada de lo que pensé-planeé para mi vida a mis 31 es. Nada es. Nada es y eso es lo único que ellos y yo tenemos claro. Pero igual insisten.
Me meto a la cama y me cubro completa. Ahí están. Mis miedos. Todos, como siempre, todas las noches. Cada uno es muy especial y últimamente el que más atención ha necesitado es mi pequeño miedo a la soledad. Se hizo pequeño cuando comenzó la contingencia. De repente tenía en el mismo espacio al gato de mi hermana, al embrión de mi hermana, al novio de mi hermana y a la mamá de mi hermana. De repente ya no me sentía tan sola. Había demasiada invasión para sentirme sola. Y mi pequeño miedo comenzó a pensar que todo lo malo allá afuera se quedaría allá afuera.
Pero no sé porqué me habita ni porqué se muda allá abajo. Regresa a mi mente cuando apago la luz, cuando me quedo en silencio. A veces me es difícil abrazarlo porque ha crecido. A veces no está porque ese día una amiga me recordó que me quiere y que soy grandiosa.
Pero en tiempos de contingencia a veces pienso que necesito que me abracen los miedos. Y a veces me convenzo de que si nadie lo hace, moriré; hoy de soledad y mañana de frustración, porque 31 no es lo mismo que 29, ni lo mismo que 25. Porque encontrar al amor a los 29 no es lo mismo que a los 25…porque los escenarios se complican, porque las expectativas se elevan, porque nadie las alcanza, porque son irreales, porque son mías, son mías amigas de mis miedos y juntos no me van a llevar a ningún lado… Mi terapeuta me lo decía mientras yo lloraba porque ya tenía 29 y me aterraba cumplir 30.
Desde entonces y ahora, casi todas las noches me pregunto… ¿Por qué te preguntas? ¿Porque quieres saber qué va a ser de ti? ¿Por qué quieres saber para qué estás viva? ¿Nos sirve de algo que te lo preguntes? ¿Nos sirves?
Hace cuánto no sirves.
Hace cuánto no sientes.
[…]
A veces me sangran los huecos. Son muchos y uno cada vez más grande que el otro, cada vez con más habitantes que me preguntan todas la noches qué va a pasar conmigo, y me abrazan. ¡Me abrazan tanto y tan fuerte que me ahogan y entonces trato de matarlos! De matarlos diciendo que nada importa, que todas vamos a morir, que no hay nada que podamos hacer. Que estamos solas. Que estoy sola.
A veces no quiero respirar porque vivir así me resulta monótono. Y la monotonía es una forma de no vivir. Y yo no quiero eso, nunca lo he querido. Algunas amigas dicen que no debo pensar en la muerte. Que es una forma de atraerla.
“Esta noche son 765 defunciones acumuladas en Oaxaca”, “Ayer fueron 745”, “El domingo fueron 736”, “El sábado…”, “El viernes…”
[…]
Mis amigas.
Tengo de todo tipo. Y cada una me ama a su manera. Me ama desde lo que cree que necesito y me habla además desde lo que cree que sé. Y en este momento lo único que sé es que sin ellas, mi miedo sería real. Por supuesto a veces vuelve y me arrastra. Me hace sentir miserable y me recuerda que estoy sola y que si sigo como hasta ahora, feminista, me voy a quedar sola para siempre.
Tal vez…
Pero con ellas.
O con las que estén.

De colectiva a fábrica

|Por Betty Júpiter|

En mi primer día en una fábrica para la industria automotriz, una joven se acercó a mí y me dijo “¿Cuantos años crees que tengo?”. Yo le contesté que 35 años. Ella me dijo que tenía con tristeza: “24 años, me veo más grande porque la fábrica me quita mi energía”. Me recomendó que buscara un mejor trabajo, uno que no fuera tan agotador como el de la fábrica.

Cuando vivimos en una sociedad que se rige por medio de méritos y califica a las personas por puntuaciones, promedios y números. Sin estar conscientes, ese sistema se absorbe a los espacios de lucha que creamos las mujeres. Las colectivas son espacios de resistencias, pero; ¿Qué pasa cuando transportamos los valores del sistema capitalista patriarcal a el lugar de la rebelión y resistencia? Surgen prácticas inestables, desmotivaciones grupales o individuales y una comunicación unilateral. El papel de las colectivas en la organización de las actividades es fundamental. Estos espacios no deben de medir nuestra capacidad como activistas por nuestra capacidad para producir. Así como lo hacen las maquiladoras con sus trabajadoras.

Dentro de las colectivas también hay ocasiones en las cuales se quiere realizar actividades continuamente como en una línea de ensamblaje que no se detiene. El espacio para la reflexión es una oportunidad, para ver de cerca situaciones que requieren de atención. Retroalimentarnos mutuamente proporciona a la colectiva el diálogo y la experiencia de saberse con voz en un espacio. La reflexión nos hace sentirnos escuchadas y nos invita a escuchar de manera atenta y amable a las demás.

El sistema capitalista nos ha impuesto la educación y la comunicación irreflexiva. Para combatirlo nuestra comunicación y reflexiones deben ser profundas. Entre otras cosas, también nos han impuesto a herir por medio de la competencia y los dramas. Nuestros espacios deben de ir encontra de esto acuerpando nuestros dolores, y también sanando juntas. En mi ciudad, anteriormente escuché comentarios hacia compañeras como este; “Ya
se desentendió de la lucha, no vino a la marcha, no ha asistido a la reunión”. Sin embargo, esa compañera que no asistió, estaba realizando un acompañamiento u otra actividad de esa índole.

Necesitamos reflexionar sobre la falta de reconocimiento al trabajo que realizamos las mujeres. Ese trabajo que no se puede comprobar por medio de una foto para las redes sociales, porque son actividades incómodas para el sistema, o simplemente porque el feminismo no es el típico activismo de foto.

Lo preocupante es cuando la invisibilización se realiza en los espacios feministas o cuando una mujer en particular está buscando ejercer un papel protagónico dentro de este y la colectiva se vuelve un espacio con intereses de unas cuantas.

En un sistema económico que nos enseña a estar constantemente sometidas a la explotación e incluso a la autoexplotación. Nuestro deber como compañeras es ser empáticas con el tiempo y la vida de las demás. Cada una hace su parte y es importante.

El feminismo no es una maquiladora que tenga que entregar ciertos productos a fin de mes. El reconocimiento no nos lo van a regalar los medios misóginos, ni los partidos electorales feminicidas. En el activismo feminista no existe la empleada del mes.

Todo toma su tiempo, el movimiento de mujeres también. Es como las plantas que necesitan tiempo y agua para su maduración. Cuidarnos entre nosotras es esencial, cuestionar nuestras ideas, nuestra organización y estar abiertas a la autocrítica también es un paso fundamental y todo esto tiene que fluir dentro de nuestros contextos.

Hay que buscar espacios sanos y si no los hay, nunca es tarde para crearlos. Los trabajos que realizamos las mujeres, económicos y de crianza son exhaustos. De igual manera el activismo lo es, pero no deben tornarse gris como si estuviéramos dentro de una nave industrial.

En el camino por espacios sanos y que nos emancipe de las prácticas capitalistas, nos encontramos con mujeres que se toman el tiempo de conocernos y reconocernos. Donde el amor es revolucionario, la comprensión nos acerca más como hermanas y la rabia que nos
arde nos sirve para organizarnos y liberarnos de todas las imposiciones que nos hace estar en una ciudad industrializada que parece comerse la vida y también a las mujeres. Si la dinámica industrial se cuela a nuestro feminismo hay que romper con estos patrones: Los que tenemos interiorizados y con los que se sienten dueños de nosotras en la fábrica o en la oficina.