“Apuntes sobre ‘Lolita’ para quien esté pensando en leer la obra”

|Por Cristina Márquez|

La novela Lolita es una crítica a la pedofilia, a la cultura pop y a una época sumamente materialista de los EEUU.

Pero principalmente, Lolita es la historia de UNA SUPERVIVIENTE, de una niña que en una situación tan limitada y terrible, SOBREVIVE y escapa de un monstruo.

Yo quiero mucho a Lolita.

Lloré un montón con ella, y leyéndola es imposible no pensar en todas las Lolitas reales de la historia humana que a duras penas sobrevivieron (o no) a los Humberts asquerosos de la existencia.

La obra es un reflejo de la cultura de violación y del patriarcado con bisturí. Es mega dolorosa.

Lo importante es NUNCA comprarle el discurso romántico a Humbert.

Lo importante es ver la fuerza de la superviviente, y reconocer cómo se retrata el actuar de esos malditos monstruos, hombres pedófilos implacables.

LOLITA. NABOKOV VLADIMIR. Libro en papel. 9786075276663 Librería ...

Nunca permitan que les vendan el discurso de que es una historia de amor, pues es lo más alejado que puede haber de ello; el mismo Nabokov lo explica en la carta posterior al final de la novela, y lo mencionó en múltiples ocasiones en diversas entrevistas, nombrando a verdaderos monstruos pedófilos como ejemplo, que muchos no se atrevieron a nombrar, como Lewis Carroll, quien inspiró el personaje de Humbert.

El que se tenga una visión y una idealización errónea de la novela Lolita, en parte se debe a que, en su momento, la primera película que salió sobre ella, se encargó de sexualizar y formar una imagen en la cultura pop estadounidense de “Lolita” como un arquetipo independiente, que llegó a estar más allá de lo que retrató Nabokov en su obra, y que se siguió alimentando a través de los años, arraigándose más con la normalización de la hipersexualización de las niñas y/o la cultura de la pedofilia.

No dudo que tal arquetipo haya permanecido de esta manera, y no como crítica a través de la novela, debido a algo muy perverso que permanece y existe, no sólo en la sociedad estadounidense, sino en todo el planeta: no olvidemos que el patriarcado y el capitalismo, son sistemas de opresión universal.

La Rosa

|Por Gisell Martínez|

Nota: el siguiente cuento está basado en la novela “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry

-¿Me lo repites?

-¿Qué cosa?

– ¿Quién eres?

– La Rosa.

Conocía la historia y conocía el personaje frente a mí, pero había sido hace mucho, mucho tiempo. Cuando ayudé a un amigo a encontrar a otro amigo o más bien a un conocido que después también se volvió un amigo. En ese tiempo yo tenía  hasta un calendario para saber que hacer, que comer y cuando jugar, sólo que la curiosidad de que había pasado con el amigo de mi amigo había sido más grande y había terminado buscando al Principito, pero en lugar de El Principito encontré al señor Príncipe, pero luego volvió a hacer El Principito y se suponía que había vuelto con su rosa o lo que quedaba de ella, pero ahora su rosa se presentaba frente a mí  con la forma de una niña peli roja.

-¿Rosa?

-Sí, la Rosa del Principito, ¿podrías ayudarme a buscarlo?

Me preguntaba la niña, ahora, después de todo y nada. Cuando el tiempo pasó y los días se veían borrosos a ese breve momento donde fui piloto y ayudé a El Principito a volver a su planeta se veían más lejanos, casi como un sueño. Al punto de olvidar y hacerme a la idea de que nunca pasó. Pero ahora las memorias volvían una tras otra y se hacían representar en el pequeño cuerpo frente de mí. Mi vecino, mi plan de vida, El Principito, el zorro, los planetas. Hasta ahora sólo los recordaba como personajes de libros que había escrito, pensando en ese entonces que fueron productos de mi imaginación y dándome cuenta hasta ahora que fueron sucesos que en realidad pasaron, plasmados en tinta para no olvidar.

Sólo que sí lo hice.

-El Principito volvió, hace mucho tiempo a su planeta. Tú no estabas…

-Si estaba, sólo que de otra forma.

-De esa forma él no te veía.

-Es normal, no me veía. No quería que me viera.

La miré sin entender y mis cejas se arrugaron.

-Entonces, ¿Por qué preguntas por él?

-Porque ya estoy lista para que me vea.

-Eso es extraño.

-Es algo egoísta, lo sé. A veces así es.

-¿Así es, qué? ¿El Principito?

-No, el amor. Él se fue de la nada dejándome sola y cuando él volvió yo no estaba presente, al menos no en su totalidad.

-Ambos fueron egoístas.

-Es que ninguno sabía amar. Necesitábamos tiempo para aprender amar y nos lastimarnos en el proceso.

-Pero si se lastimaron…

-Eso es lo que nadie nos dijo, que eso era parte del proceso para aprender amar.

         La miré sin saber que decir ni que hacer.

 -No sé dónde está, hace mucho que no lo veo. La verdad, creí que estaría contigo.

Ella me miró, alisó su rosado vestido y se sentó recargada en el árbol de mi jardín.

-Está bien, entonces lo esperare.

La mire sin entender

– ¿Estás segura?

– Sí.

– Pero no sabes cuándo volverá ni si volverá aquí. Ni siquiera sabes si te está buscando o esperando.

– Lo está.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque yo era especial para él por el tiempo que me dedicó y él era mi Príncipe por como lo amé, inexpertamente. Pero constante, sin saber que lo estaba amando al momento en que lo hacía.

Definitivamente ella y El Principito venían del mismo mundo, uno donde el tiempo no pasa y los rencores no existen. Uno donde amas sin saber que lo estás haciendo.

-¿Cómo sabes que El Principito volverá aquí?

-Porque tú tienes a su zorro.

Lo tenía. Guardado junto con los recuerdos de mi infancia en un baúl en mi armario, como el baúl en mi memoria.

-Entonces, ¿esperarás?

-Esperaré.

-¿Cuánto?

-El tiempo que sea necesario.

-¿Cuánto es eso?

-No lo sé, tal vez lo mismo que tarde para llegar aquí o el tiempo que tarde aprendiendo a amar o solo cinco minutos. El tiempo es diferente dependiendo las cosas que queramos.

-¿Te puedo acompañar?

-¿Lo esperarás junto conmigo?

-Claro, también es mi amigo.

-¿Cuánto tiempo crees que tarde?

-Tal vez… El tiempo que tardo en saber que te amaba.

-¿Y eso fue mucho?

-Créeme, eso fue nada.

-Oh… y mientras pasa la nada, ¿me podrías dar agua?

-¿Para beber?

-Para no marchitarme, quiero verme linda cuando llegue él.

-Te verás linda para él, te lo aseguro.

-¿Por qué estas tan segura?

-Porque lo esencial es invisible a los ojos.

Fragmento del capítulo I de la novela: Eunice

|Por Nayeli Miranda|

Hola, hoy por el día internacional de las abuelas les compartimos una nueva entrada.

Nota de la autora: Mi abuela es mi gran pilar, mi modelo a seguir. Antes de su partida, empecé a escribir una novela sobre su vida. El primer capítulo se lo di como último regalo el día de su velorio. Les comparto un pedazo de lo que fue mi abuela .

Eran alrededor de las dos de la tarde y solo faltaba que llegaran los cuates Guillermo y Pablo, para que la abuela llamará a la mesa para comer. Esperando, miraba por la ventana a mi madre que estaba afuera cuidando a mis hermanos más pequeños mientras corrían de un lado de la acera a otro. Les gritaba con esa sensibilidad confusa entre autoridad y amor profundo que tan bien conocía. Hubo un tiempo que se dirigía así hacia mí. Recuerdo que no había mañana en la cual no escuchara sus gritos obligándome a levantarme para ir a la escuela. No importaba que tan atareada estuviera, ni cuantas personas había en la tienda, nunca olvidaría hacerlo. Pero desde que se fue el único eco que retumbaba por la mañana en mi cuarto era el producido por los resortes alborotados de la cama al levantarme con apresuro.

Desde que mi madre partió de El Valle procuraba regresar los fines de semana. A dar las seis de la tarde del viernes, la hora aproximada de su llegada si se ponía en camino al terminar la jornada laboral, yo me sentaba en la banqueta enfrente de la casa esperándola, hasta que daba la media noche. Así, todos los días del fin de semana, aunque a veces pasaba las últimas horas del domingo y no llegaba. Sin embargo, poco a poco le fui restando importancia, y mi espera se iba recortando e inclusive desaparecía. Empecé a desligarme del lazo que me unía a mi madre.

Su visita tenía doble cometido. Por un lado, se aseguraba que sus hijos mayores, entre ellos yo, estuvieran bien, aunque irónicamente se encontraba tan ocupada cuidando a los más chicos que nosotros realizábamos nuestra vida normal sin notar su presencia y solo éramos conscientes de esta cuando pasaba por la puerta y pedía un abrazo. Como segunda razón, le entregaba el dinero de la semana a la abuela Guillermina. A pesar que su breve estancia me alegraba, cada vez que veía a mi madre dando su dinero me sumergía en remordimiento, y más cuando don Francisco, mi padrastro, sacaba la cartera y ponía la mitad de la manutención, a veces mucho más de lo que debería darnos.

Por más que intentará no comprendía la situación. Si me dejaron a cargo de mi abuela para poder cuidar a los otros cinco niños más pequeños, ¿qué caso tenía que regresaran y aparentaran que todavía estaba bajo su custodia? Entendía que ese dinero ayudaba a el sustento de los cuates, de tan solo 15 años, pero no entendía porque tenía que estar recibiendo dinero de ellos cuando debería estar trabajando para pagar por mi propia existencia. Mucho menos comprendía porque permitía que un ajeno se responsabilizará de mí. Mi madre no veía que ella misma estaba incumpliendo lo que una vez mi padre pidió para sus hijas: “Fabiana, no quiero que estas niñas mantengan o sean mantenidas por un hombre, no me importa si quiera que sean prostitutas, pero ellas deben valerse por sí mismas.” Pero aquí estaba, en mi mayoría de edad dejando que las inclinaciones de mi madre me influenciarán a desobedecer a mi padre.

Sabía que si les contaba mis inquietudes me hubieran ayudado a establecerme. Me darían un espacio en el negocio familiar, que mi padre había fundado. Tal vez me hubieran puesto a trabajar en el campo o atendiendo algunas de las tiendas. Pero claro, no lo aceptaría, eso significaba seguir sostenida a la protección familiar de la cual necesitaba alejarme. Ya lo había intentado una vez. Subí el camión hacia Ensenada, dispuesta a estudiar Ciencias Marinas, pero me detuve. Posiblemente haya hecho lo correcto, sabía que la ciencia no sería mi vida, sin embargo, era mi oportunidad.

Desde donde estaba escuché la puerta abrirse. Eran los cuates, por lo que mi abuela llamó a comer. Tras el cristal de la ventana observé la manera en que mi mamá reunía a los niños. Yo me quede allí, viendo, como me había quedado en esa casa sin saber qué hacer.

Amor propio

|Por Abril Violeta|

¿Cómo conociste al amor propio? ¿lo conoces? ¿cuánto tiempo te dura el efecto? ¿qué método utilizas? ¿cómo lo sostienes ante el sistema patriarcal capitalista neoliberal? ¿qué tal el día? ¿hoy te viste al espejo o en el reflejo y te dijiste me amo? ¿cuántas veces al día lloras y ríes?

Creo que en la actualidad a las morras que nos nombramos feministas nos falta mucho amor propio, muchas estamos en colectivos, somos autónomas, autogestivas, cuidadoras…no dejamos ese rol, buscamos facilitar, apoyar, acompañar…pero muy pocas veces nos detenemos a preguntarnos a nosotras mismas ¿qué quiero yo? ¿qué necesito yo?

Fotografía por Ariadna Kriscila

Cada caso es distinto, sin embargo, un grueso de la población (me atrevo a decirlo sin citar a INEGI o cualquier encuesta pública y/o privada más que la mía del coto con morras e intuición/suposición) de chavas feministas sufrimos este choque constante con lo que hemos aprendido de ¨amor propio¨ gracias al feminismo vs. toda una vida patriarcal de escuchar que ser delgada pero no tanto, lista pero no tan lista, guapa pero no tan guapa, buena onda pero no tanto, etc., etc., límites contradictorios pero siempre bajo la consigna de que eres mujer y debes dar para recibir…además de cuidar, proteger, nutrir porque es el rol y obvio eres débil, sino lo eres porfa aparenta serlo para no afectar a los hombres que ellos requieren rectificar su género a cada momento a través de demostraciones de fuerza (recuerda dar para recibir).

Ojalá hubiera una receta para borrar toda la mierda que nos enseñaron de niñas, adolescentes, y que reafirmaron en la juventud y que ahora en la adultez no repitiéramos de vez en cuando, sobre todo las malas relaciones, el dar tanto demás sin recibir nada, o dar importancia a pendejadas irrelevantes pero que por una razón hegemónica duelen hasta el cora.

Y a pesar de todos los golpes, de sentir que fallamos a la lucha, aquí seguimos leyendo sobre feminismo, topando a las compas, asistiendo a eventos feministas, deculinizando en la pista, y todo lo que podamos en contra del patriarcado, lo cual es excesivamente agotador, creo todas estaremos de acuerdo, sin embargo, conocemos a pocas compas que vivan en equilibrio…¿conoces a alguna?

Fotografía por Ariadna Kriscila

TODAS necesitamos darnos una buena escuchada a una misma, leerte y releerte, atenderte, abrazarte, y no solo darnos esas escapaditas de un rato acostadas, un maratón de serie, un porro, dos caguas, una buena masturbada, una cogida rica, un munchie chingón o cualquier otra cosa que nos de placer fugaz, busquemos más momentos, cosas, espacio y tiempo para nosotras, amigas esta vida es ahora, si salgamos a luchar pero saludables, que estar al cien o más en la lucha no sea una forma de escape por no querer trabajar en nosotras mismas o atender nuestras necesidades.

El amor de nuestra vida somos una misma.

Aquí les dejo un extracto de bell hooks, de la lectura que me ha ayudado a curar el cora en este año de tantos gritos de autoayuda:

¨Tenía veintitantos años cuando por primera vez aprendí a entender el amor “como la voluntad de extender nuestro yo con el propósito de alimentar el crecimiento espiritual propio y el de otra persona.” Todavía tuvieron que pasar años para que rechazara patrones aprendidos de comportamiento que anulaban mi capacidad para dar y recibir amor. Un patrón que hizo que la práctica del amor fuera especialmente difícil fue el elegir continuamente hombres que estaban heridos emocionalmente, que no estaban muy interesados en amar, aunque deseaban ser amados. ¨

¨Claridad: dar palabras al amor¨ publicado en All about Love de bell hooks. 2000, The Women’s Press, Londres, pp. 3-14

Fotografía por Ariadna Kriscila

   

Amarme

Escuchar los latidos,

escucharme,

escuchar los maullidos.

Amar sin seguir lo establecido,

escuchar-me y amarme.

Sentir sin temor,

sentirme,

conocer el roce de mi índice

palpitar por sentir-me