SANACIÓN SORORA

|Por Mimi Cabrera|

A casi 4 meses de confinamiento sanitario por el coronavirus, lo inimaginable sucede, y el tiempo se ha ido lento, por lapsos se ha detenido, y casi sin pensarlo se acelera. Se agradece aún más hoy por estar vivas, pero la crisis es crisis, porque la aprobación de tu cirugía de litiasis de riñón, se ha suspendido; y ruegas para que tu riñón no se infecte, y ruegas a tus células para que te ayuden y trabajen, y te bebés todos los remedios naturales esperando un milagro. Por tu salud no podías trabajar, y cuando al fin te conceden entrevista de trabajo, se da el aviso oficial de contingencia sanitaria, y compruebas que nada es seguro en esta vida, te cancelaron tu entrevista. y no generas un salario, te ves obligada a pedir asilo una vez más en casa de tu madre, y te reciben con todo gusto a ti y a tu cría, y claro, condicionada también con tu mascota. Sobrevives haciendo repostería, hasta que la economía afecta a la poca clientela, y ya no puedes vender, ya no hay ganancias. Somos libres, pero estamos viviendo en prisión domiciliaria; algo así cómo cuando tenemos familia y nos dan su apoyo, hasta que la hostilidad y el acoso impera día a día volviendo insoportables los días, intoxicándote, y las noches en vela no ayudan. Entonces surgen escenarios prometedores y exitosos, pero la incertidumbre domina y los nervios te guían, así te deprimes sin caer en la cuenta, y disfrutas más dormir en el día, dormir y soñar, sin importar más nada, hasta que un abrir de ojos, respiras, estás viva, te levantas de la cama, te duchas, te maquillas, y eres nuevamente una diva; y quieres salir al café, aceptar la cena prometida, tener charlas extendidas, la música: cantarla y bailarla, flirtear, aceptar un abrazo, tomar la iniciativa y besar esos labios, saborear el aliento degustando su sabor, embriagarte con caricias, follar rico, follar duro, con amor propio y por la vida, con ternura, y gemir, gritar, llegar al clímax, tener orgasmos y ¡vibrar!…pero el tiempo que sea detenido te recuerda que la perfección por ahora solo vive en tus pensamientos, porque no hay trabajo, no hay ingreso, no puedes salir, tú obesidad te pone en riesgo, no hay música en vivo ni bailes ni abrazos ni besos, ¡chingao!. Y después de unas lindas selfies, te rompe el llanto, y te invade el miedo…y, ¿si te escapas una tarde?, ¿si te contagias?, ¿y si mueres?, ¿qué pasará con tu pequeño?, ¿a dónde irás entonces?, ¿quién pagará los gastos?,  ¿y si yo muerta la familia de mi ex y él, se quisieran llevar a mi niño?, ¿y si contagian a mi hijo mayor en su trabajo?, ¿y si se me mueren mis hijos?, ¿y si mi madre resultara positivo a covid-19?, ¿y si se pusiera grave y no pudiera salvarla?,  ¿y si no vuelvo a verlos?; Entonces te quiebras más, y toda la seguridad se evapora, y se queda ese temblor en todo tu cuerpo, el llanto no cesa, ¡y quieres gritar!, pero solo lloras, te sientas, te acuestas en posición fetal y recuerdas: respiración, inhalas, exhalas, te calmas… concilias el sueño, y gritos histéricos te despiertan con sobresalto: reproches, hostigamiento, violencia sistemática, toxicidad familiar. Haces tus deberes y descansas. Te refugias y te entretienes en las redes sociales, te informas, te saturas, te capacitas, te enamoras, te desenamoras, te ilusionas, te desahogas, hasta que te hartas. Pero recuerdas tú resiliencia buscando en tu pasado tus caídas fuertes y trágicas, tus sanaciones, tus inicios, tu historia, entonces te desbloqueas y te activas. Así es como logras ver que no solo eres tú con tus hijos, qué sin pensarlo podrías estar sufriendo desde, incluso, un lugar privilegiado en comparación con la situación vulnerable de otras mujeres.

Ves el horizonte, te unes a los colectivos locales para recolectar despensas y poder donar a mujeres de tu localidad en situaciones más vulnerables que la Tuya, porque si las hay… Te unes a colectivos nacionales para colaborar en actividades ocupacionales y de aprendizaje, del feminismo y su historia, del papel de las mujeres dentro del feminismo… y así sin darte cuenta en el momento, tus compas, las niñas del colectivo, las hermanas desconocidas, te alientan, te fortalecen, te admiran, te ayudan a construirte, te impulsan y te sanan…  

La sororidad nos salva de muchas maneras, en situaciones de violencia, cualquier tipo e intensidad, ella es quién nos orienta, nos hace sentir seguras del paso a dar, nos hace sentir más fuertes y valientes para denunciar desapariciones, agresiones, acoso, para alzar la voz y que retumbe, para acompañarnos; La sororidad es la que nos mantiene en pie, enfocadas, para no ceder a nuestras emociones, a mantener una cordura dentro de la locura de cada una de nosotras; Es la que nos da mucha más resistencia para sobrevivir de una manera digna, a pedazos pero enteras, atravesando estos virus de covid-19 y de violencia. ¡No estás sola!, ¡estamos aquí!, ¡resistimos juntas!.

De colectiva a fábrica

|Por Betty Júpiter|

En mi primer día en una fábrica para la industria automotriz, una joven se acercó a mí y me dijo “¿Cuantos años crees que tengo?”. Yo le contesté que 35 años. Ella me dijo que tenía con tristeza: “24 años, me veo más grande porque la fábrica me quita mi energía”. Me recomendó que buscara un mejor trabajo, uno que no fuera tan agotador como el de la fábrica.

Cuando vivimos en una sociedad que se rige por medio de méritos y califica a las personas por puntuaciones, promedios y números. Sin estar conscientes, ese sistema se absorbe a los espacios de lucha que creamos las mujeres. Las colectivas son espacios de resistencias, pero; ¿Qué pasa cuando transportamos los valores del sistema capitalista patriarcal a el lugar de la rebelión y resistencia? Surgen prácticas inestables, desmotivaciones grupales o individuales y una comunicación unilateral. El papel de las colectivas en la organización de las actividades es fundamental. Estos espacios no deben de medir nuestra capacidad como activistas por nuestra capacidad para producir. Así como lo hacen las maquiladoras con sus trabajadoras.

Dentro de las colectivas también hay ocasiones en las cuales se quiere realizar actividades continuamente como en una línea de ensamblaje que no se detiene. El espacio para la reflexión es una oportunidad, para ver de cerca situaciones que requieren de atención. Retroalimentarnos mutuamente proporciona a la colectiva el diálogo y la experiencia de saberse con voz en un espacio. La reflexión nos hace sentirnos escuchadas y nos invita a escuchar de manera atenta y amable a las demás.

El sistema capitalista nos ha impuesto la educación y la comunicación irreflexiva. Para combatirlo nuestra comunicación y reflexiones deben ser profundas. Entre otras cosas, también nos han impuesto a herir por medio de la competencia y los dramas. Nuestros espacios deben de ir encontra de esto acuerpando nuestros dolores, y también sanando juntas. En mi ciudad, anteriormente escuché comentarios hacia compañeras como este; “Ya
se desentendió de la lucha, no vino a la marcha, no ha asistido a la reunión”. Sin embargo, esa compañera que no asistió, estaba realizando un acompañamiento u otra actividad de esa índole.

Necesitamos reflexionar sobre la falta de reconocimiento al trabajo que realizamos las mujeres. Ese trabajo que no se puede comprobar por medio de una foto para las redes sociales, porque son actividades incómodas para el sistema, o simplemente porque el feminismo no es el típico activismo de foto.

Lo preocupante es cuando la invisibilización se realiza en los espacios feministas o cuando una mujer en particular está buscando ejercer un papel protagónico dentro de este y la colectiva se vuelve un espacio con intereses de unas cuantas.

En un sistema económico que nos enseña a estar constantemente sometidas a la explotación e incluso a la autoexplotación. Nuestro deber como compañeras es ser empáticas con el tiempo y la vida de las demás. Cada una hace su parte y es importante.

El feminismo no es una maquiladora que tenga que entregar ciertos productos a fin de mes. El reconocimiento no nos lo van a regalar los medios misóginos, ni los partidos electorales feminicidas. En el activismo feminista no existe la empleada del mes.

Todo toma su tiempo, el movimiento de mujeres también. Es como las plantas que necesitan tiempo y agua para su maduración. Cuidarnos entre nosotras es esencial, cuestionar nuestras ideas, nuestra organización y estar abiertas a la autocrítica también es un paso fundamental y todo esto tiene que fluir dentro de nuestros contextos.

Hay que buscar espacios sanos y si no los hay, nunca es tarde para crearlos. Los trabajos que realizamos las mujeres, económicos y de crianza son exhaustos. De igual manera el activismo lo es, pero no deben tornarse gris como si estuviéramos dentro de una nave industrial.

En el camino por espacios sanos y que nos emancipe de las prácticas capitalistas, nos encontramos con mujeres que se toman el tiempo de conocernos y reconocernos. Donde el amor es revolucionario, la comprensión nos acerca más como hermanas y la rabia que nos
arde nos sirve para organizarnos y liberarnos de todas las imposiciones que nos hace estar en una ciudad industrializada que parece comerse la vida y también a las mujeres. Si la dinámica industrial se cuela a nuestro feminismo hay que romper con estos patrones: Los que tenemos interiorizados y con los que se sienten dueños de nosotras en la fábrica o en la oficina.

Transitando

|Por Concha Armas|

Soy solamente carne cruda caminando,
transitando los pasillos de esta casa,
estos mismos pasillos, que un día hace muchos años fueron;
castillos, selvas, islas encantadas, y otros multiuniversos distintos
descubiertos por la imaginación de una niña,
a la que siguen queriendo forzar a ser un niño.
Transito, cada cuadro, cada pared,
con la esperanza de sobrevivir
a este encarcelamiento
hasta ahora autoimpuesto.
Transito haciéndome el propósito
de encontrarme,
de devolverme las ganas,
de hablar de nuevo,
de que tal vez en aquellos otros años
donde me dejaba fluir,
pueda hacer fluir este otro nuevo año
tan tedioso y aburrido.
Transito, por la cocina,
por los cuartos de mis abuelos,
por mi propio cuarto,
por el baño,
me acomodo en el sofá de la sala
a donde intenté mudarme un par de veces
antes de cumplir los 10 años.
Transito el corredor donde está el escritorio
lleno de mis primeros libros,
pero me niego a llegar al jardín,
me asusta y
automáticamente la carne me hierve.
Es como si me quisiera negar
haber dejado algo que prometí no hacer.
Pero sigo transitando y las cadenas pesan;
pesan porque los recuerdos vuelven, y duelen;
pesan porque tenía ya mucho
de no quedarme tanto a solas con mis historias,
con mis fotográficas, con mis pensamientos, y mis demonios.
Con esta gente que dice que es mi familia.
Pesan las herencias y el no poder
dormir por las noches, pero también pesa poder contar todo esto aquí,
desde mi viejo sofá al que quería mudarme,
con un tazón de helado y
mi cuenta de Netflix abierta.
Pesa porque yo sé que hay quienes no pueden,
quienes deben trabajar por esas familias
que dicen ser suyas,
quienes no se pueden encerrar a revivir sus historias,
quienes no tienen que comer,
quienes duermen afuera de emergencias en la calle de un hospital.
También pesa por ellas,
por las que están encerradas
y se sienten solas,
por ellas, por las que conviven con un abusador,
por las que están sometidas a él, por las que lo soportan.
Y sigue pesando porque aún después que el encierro termine,
hay nudos que no voy a lograr soltar.