Yalika

|Por Yalila Grafikat |

Yalika la lesbiana desde la esquina norte, en Tijuanalandia.

Mi lesbiandad apareció entre un mar de relaciones con mujeres. Más allá de mis relaciones sexo-afectivas, coincidentemente antes que consciente, he tenido mucha convivencia con muchas mujeres.

Aquí algunas -los lazos que siguen y los que no-.

Mamá

 Tengo una relación difícil con mi madre, que aún de adulta estoy tratando de sobrellevar. Mi madre sufrió de abuso gineco-obstétrico y en resultado tengo un hermano con discapacidad mental y una madre que tuvo que soltar un poco de su mente y mucho de su vida para poder sobrellevar el dolor; pero la insistencia de la presión social la hizo intentar de nuevo.  Tuvo una hija, muy planeada, 9 años después. Es así como Yalika la lesbiana nació. Muy necesitada del amor de su madre, ella hacía de todo por desaparecer entre un mundo obsesivo compulsivo de plantas, lenguajes, piano, animales, y cuantos hobbies encontraba para perderse.

Jacky

Mi primer recuerdo con Jacky fue a los 3 años.  Me bañaba en una tinita en el patio de mi casa cuando por la barda que dividía su casa de la mía, cruzó a una niña guerita de 4 años a convivir conmigo. Recuerdo que me echo agua con el botecito y, desde entonces, hasta mis 14 años fue la hermana que siempre quise tener. La historia con Jacky siempre la resumo en una de nuestras caricaturas favoritas de Disney, que imitamos y sabíamos el diálogo, La Zorra y La Sabuesa. En eso terminamos convirtiéndonos.

 Compartimos de cachorras, y de adultas nuestros destinos se fueron por diferentes caminos. Cuando éramos chicas a cada rato repetimos la frase de esa película: “Toby eres mi mejor amiga!, ¡y tú la mía Tod!, ¿siempre seremos buenos amigas verdad? ¡Sí, siempre!”. 

Teníamos un amor enorme por los perros y un lenguaje secreto de chiflidos. Nos la vivíamos jugando trepadas en nuestros árboles vecinos y en los techos. En las noches de fin de semana acampábamos en nuestras salas en casotas enormes de sábanas que armábamos. En verano nos mojábamos con globos llenos de agua. No dejábamos de jugar. Yo le contaba muchas historias de terror, hacíamos coreografías con la música del momento grabada en cassette de su hermana mayor. Nos grabábamos y decíamos que teníamos una radio.

 Nuestra niñez fue muy hermosa, pero también muy intensa. Compartimos dolores de nuestros primeros acosos. En nuestra pre adolescencia teníamos un chismógrafo que escondíamos debajo de la casa y teníamos que avanzar un par de metros a pecho tierra para ir por él.  

Todo iba perfecto hasta que su mamá cayó en depresión. La mamá de ella me cuidó como si fuera su hija, ya que la mía estaba pérdida en su mundo. Mi vecina me alimentaba, me llevaba a la escuela, me ponía lonche, me cortaba el cabello, celebrábamos navidades, cumpleaños, vacaciones como si yo fuera una más de ellas, pero en algún momento se sintió muy sola y triste. La mamá de Jacky se acercó a la religión cristiana y, como sus hijas, nosotras también. 

Para acortar la historia:  nos hicimos fanáticas. Cuando menos lo tenía pensado, los 7 días de la semana estábamos metidas de lleno en esa religión, la cual en mi adolescencia trajo muchos conflictos, ya que cuando todas ya habían pasado la fase de tomboy yo seguí ahí de machorrilla.  A mis 14 años ya no pude ocultar más quien era y con tantas restricciones en mi vestimenta. Ya no aguanta no ser lo suficiente cristiana para agradar. Ante tantos cuestionamientos quebré. 

Yo recuerdo que Jacky sufría mucho. Ella puso más resistencia que yo. Ella quería tener novios y no le gustaba estudiar, ni se alocaba con la música cristiana como yo, pero su mamá a punta de chingazos le hizo aceptar todo. Yo, para ese entonces, me enamoré por primera vez de una morra y preferí tomar mi bici y perderme sola todas las tardes, dibujar, escribir, leer y conocer nuevas amigas. 

Me dolió mucho porque perdí esa familia que me crio. Me quede con un pesar: ver a mi amiga perderse en ese mundo sin salida. No obstante, me partió el corazón muy fuerte un día que deje mi cuaderno de escritos en su casa y ella lo leyó. Ahí hablaba de la morrita de la cual me enamore. No decía nombre, solo decía que vivía cerca de mi casa, y la muy engreída creyó que era ella. Me dolió tanto el corazón porque fue como mi hermana y, ella en su miedo le dijo a su mamá y a mis papás. 

Cuando me fui con mi primera novia de la casa, me dolió mucho, pero lo que me dolió más es que al reconectar con ella muchos años después fue que se convirtió en una mujer ultra cristiana que intentó en más de una ocasión engañarme con historias para hacerme sentir que yo estaba mal y que ella me podía ayudar.  Me dio tristeza que, a pesar de tener tantos accesos, la ignorancia de su fe la cegara- Incluso un día me hizo creer que ocupaba ayuda y me dijo que confesó enfrente de su congregación que era adicta a la pornografía y que tenía miedo que por medio del cordón umbilical le pasara esa adición a su hijo por nacer y que, así como lo confesó y se curó.  En su congregación lo mismo podía hacer con mi lesbianismo. Lo único que le recite fue esa frase de El Zorro y el Sabueso, le dedique una canción deseándole lo mejor de la vida y me alejé por siempre de ella. 

Las amoras

Mi lesbiandad fue antes que el feminismo, y me sigue encorazonando que dentro de esa lesbiandad radicalizamos naturalmente nuestras relaciones.  Curiosamente he tenido muy poco contacto con hombres en mi vida sin declararme o entender el separatismo. Desde mi adolescencia tuve mejores amigas, pero por esa edad también noté que extrañamente atraía a otras mujeres que no querían ser mis amigas pero que si querían pasar tiempo conmigo. Quizás mi machorres les daba la confianza de sentir que estaban con un chico. Sin embargo, en la prepa lo noté más. 

Una que recuerdo en particularidad:  Denise. Creo que me enamore un poco de ella. Ella me decía que le gustaban los hombres femeninos, y no me soltaba en cada oportunidad que tenía. Todos los días compartíamos una paleta de dulce solo entre nosotras sin que nos diera asco, luego me acariciaba todo el brazo o hacia cosquillas por dentro de mi mano, me entrelazaba mis dedos con los suyos al caminar. Decía que era su novia jugando. Recuerdo mucho un día muy extraño y lindo que nos escapamos a un parque con amigas y nos dejaron solas. Ahí yo le enseñe un truco en el columpio para que sintiera que caía en el lago de enfrente. Luego me pidió que amortiguara su viada en el columpio y por un momento quedé frente a ella atrapada entre sus pies, sus manos encima de las mías entre las cadenas. Ese encuentro casi terminaba en un beso que no se dio porque me puse muy nerviosa. Pero, sabía que nuestro próximo encuentro sería algo serio, aunque por azar del destino, no tuvimos ningún otro encuentro.  Día siguiente una amiga de ella se acercó y me dijo que ella sabía que yo era la única que podía detener eso, que quizás yo sí era lesbiana, pero Denise no, que solo la iba a complicar y confundir a tener una vida plena. Me pidió que por favor me alejara de ella. Yo de mensa me sentí mal y evité estar sola con ella el resto del semestre. Ella a los días reprobó y ya no regresó a la escuela. No fue mi único ni último caso de lesbofobia que deje que me atravesara, pero esa es otra historia.

La mayoría de mis relaciones con mujeres fueron con mis parejas futuras, desde los 17 hasta mis 32 años he tenido una relación muy fuerte con mis parejas y la mayoría de ellas siguen siendo de mis mejores amigas. El lazo de amistad que formaba con ellas siempre fue más fuerte que el drama que nos llegó a separar. Claro, la mayoría de ellas fue con un tiempo de sanación de por medio, pero me siento muy orgullosa de seguir compartiendo mi vida con todas ellas. Incluso, cuando empiezo una relación con alguien nueva les aclaro que tengo estos lazos de amistad con mis parejas pasadas y que no lo cambiaré. Para mí es más importante preservar y alimentar una amistad con personas que amé de otras maneras también. Claro que no con todas pude lograrlo, pero el feminismo, y entender mi lesbianismo desde una postura política también cambió mi perspectiva de cómo aprecio aún más estas relaciones.

La familia

 Desde niña tuve un concepto de familia un poco fragmentado que me ayudó a decidir que mi familia sería siempre elegida. Me siento muy afortunada de tener una amplia familia de amigas que amo con toda mi corazona. Creo que mis amigas al igual que las amoras son las relaciones que más aprecio. He aprendido también aceptar que mis familias no son eternas ni igual de intensas. Respeto los tiempos de vida, por temporadas y temperaturas. Al igual que el enamoramiento, siento que romantizamos nuestras relaciones por más deconstruidas que nos sintamos en el momento. Nos enamoramos de nuestras amigas, también nos desenamoramos, o cambiamos de intensidad. Tengo la suerte de tener familias muy intensas, momentáneas y las disfruto tanto mientras duran. Recientemente pasé por un quiebre triple que estoy sanando a mi manera, me separe de una amora que es parte de mi familia elegida, con la que también forme una alianza muy bella de reconocimiento político, pero, decidió alejarse. Así que estos días estoy curando la corazona de esos quiebres que aún tengo la esperanza de que sanen pronto sin dejar muchas cicatrices en el camino. No todas las historias terminan bonitas, pero si aprendemos mucho de ellas y nos ayudan a entendernos mejor, a revisar la balanza, a revisar nuestras otras relaciones que a veces les perdemos importancia por estar tan enamoradas, que claro es muy válido, pero me sigue creciendo el amor por estas otras relaciones que he cultivado y que están ahí para levantarme cuando más lo necesito. 

Momentos así es que sigo defendiendo mis afectos por las amoras, por la familia elegida, por las redes, por estas bellas e intensas relaciones con mujeres que nos abrazan.

Feminismo liberal y psicoterapia

|Por Esmeralda Conrique|

Primero me gustaría comenzar retomando el momento histórico del feminismo liberal. Se entiende que el feminismo liberal surge en el siglo XX, a la par de las guerras mundiales, sin embargo, va surgiendo desde las feministas ilustradas. En este feminismo se busca una lucha por la igualdad, y no se plantea el término de opresión. El momento histórico que favoreció el surgimiento de este feminismo, fue el siglo XX y sus guerras. Anteriormente el rol de hombres y mujeres estaba estrictamente segregado, el hombre pertenecía a la esfera pública, mientras que la mujer a la privada. Esta designación implicaba que lo único que competía a las mujeres era cuidar a los hijos y mantener la casa limpia. Incluso, el derecho al voto y a ser valorado como ciudadanos, pocos años antes pertenencia exclusivamente al varón, la mujer era una extensión de su padre o de su esposo, nunca era un individuo autónomo, solo existía en función a los otros varones de su vida, los cuales, por defecto, eran propietarios de sus objetos personales, de su dinero, de sus decisiones, de su libertad y su vida. Lo anterior implicaba, que la mujer no trabajara, ni estudiara, no se podía divorciar, si huía, su esposo podía ir tras ella y obligarla a estar en casa con él.

En las guerras, este núcleo se altera, los varones deben ir a la guerra, dejando sus puestos en fábricas o comercios vacíos, lo cual permitió que para conservar la economía de las ciudades, las mujeres fueran a cubrir los puestos de sus esposos. Como consecuencia, las mujeres tuvieron la oportunidad de salir del hogar, de ejercer autonomía y darse cuenta, que tenía el mismo potencial y capacidad que el hombre para realizar trabajos, para ejercer profesiones. Al finalizar la guerra, los hombres volvieron sus respectivos hogares y retomaron su esfera pública. Sin embargo, comenzó a cuestionarse la idea de que solo los hombres podían salir y hacer cosas fuera del hogar. Podríamos decir que en este cambio, surgió la “espinita” que llevaría a modificar este sistema.

A continuación relataré un poco sobre las teóricas del movimiento. Betty Friedan, tiene formación de psicóloga, en sus libros expone los términos “doble jornada” y “superwomen”. Partiremos del segundo, puesto que me parece que el primero engloba al segundo. La superwomen o como se diría en español, la súper mujer es un ideal de lo que debería ser una mujer, el estereotipo a alcanzar. Dentro de la sociedad tenemos múltiples estereotipos en cada ámbito, sin embargo este estereotipo se convertía en el yo ideal de las mujeres de la época, y de lo que esperaban los hombres de ellas.

La superwomen era la ama de casa perfecta, era madre y esposa. A pesar de que legalmente ya existía el permiso para laborar y estudiar, las mujeres que decidían salirse de la norma tenían consecuencias por no ser suficientemente buenas amas de casa. La represalia social de salirse de este estereotipo era tan marcada que obligaba a las mujeres a aceptar lo que se esperaba de ellas, es decir, se normaliza y acepta que es como debe ser, puesto que el rebelarse traía consecuencias. Aquí en este punto, entra la doble jornada, y es que, las madres o esposas que decidían salir a cumplir con una jornada laboral ajena a su hogar (no tengo presente la cantidad de horas que en la época representaba), debían volver a casa y cumplir con el trabajo pendiente del hogar; la limpieza, cocina, hijos, atender al marido, etc. Estos libros llevaron la a existencia de múltiples movimientos en los Estados Unidos, donde las mujeres comenzaron a visualizar las injusticias sociales, y a rebelarse unidas a lo que sucedía en su día a día, a compartir experiencias y darse cuenta de más injusticias que todas habían vivido pero que no reconocían como tales. 

En lo personal, por mi formación, me parece interesante esta autora por hablar de constructos sociales, en especial uno, tan introyectado que las mujeres no notaban que lo estaban cumpliendo. También hablamos de identidad, de la construcción de identidad, de quien soy yo como mujeres y que cosas hago porque creo que las mujeres hacemos esas cosas. Hablamos de que quienes se rebelaron en ese entonces, lucharon contra burlas, quejas, contra sí mismas y la propia identidad que llevaban cumpliendo tanto tiempo. Hablamos de un deconstruir lo que ya estaba y formar nuevas formas de vivirse y actuar. 

El cumplir con un “debería” puede ser tan compulsivo que lleve a trastornos psicológicos. Un debería es aquel aprendizaje que se cumple constantemente sin cuestionarse y por obligación sin que la persona lo haga por un deseo personal. Retomando a Friedan, el estrés que había por la Superwoman y la desigualdad social se manifestaba en ansiedad, alcoholismo, neurosis, deseo sexual desmedido, y suicidio. Antes de Friedan, estas manifestaciones se consideraban inherente a las mujeres, como si fuera algo biológico que las mujeres tuvieran patologías per se.

Por su parte Simone de Beauvoir, filósofa francesa, hija de padres burgueses y exponente de la filosofía existencial es la representación de la libertad como mujer, incluso en su vida personal, en su vida amorosa, creyente del amor libre y el compartir de ideas. Cabe mencionar que Beauvoir no se consideraba feminista, incluso, siendo autora del Segundo Sexo, para ella esto era parte de su cuestionamiento filosófico de la existencia. Sin embargo, durante la segunda mitad de su vida fue militante feminista, y el libro fue un descubrimiento incluso para sí misma.

A través de su autobservación y lo diferente que su vida había sido a la de un chico común dio origen a este libro. Beauvoir expone a las mujeres como “el otro”, encuentra que la mujer es definida en relación al hombre. La mujer no es mujer, sino “no hombre”. Empieza a notar las ideas aprendidas y las dificultades que estas suponen, notó las injusticias que las mujeres vivían. Describe lo que es “el mundo masculino”, los mitos  creados por hombres.

Dentro de la crítica se observan las posibilidades que como mujer se viven dentro de la sociedad y cultura. La relación del “otro” define a la mujer en una posición asimétrica al varón, su identidad es definida por él y sus expectativas a como debe ser una mujer, a su vez, ella es definida en referencia “esposa de…”, “secretaria de…”, sin considerarse un ser autónomo autodefinible. La mujer vive en un estado de dependencia en relación al hombre, desde los inicios del patriarcado se estipulo así con normas creadas por el varón.

Para Beauvoir la forma en que se puede llegar a la igualdad y libertad, es que ambos seres hombre y mujer se reconozcan como autónomos. A diferencia de Sartre, quien define la libertad absoluta y la responsabilidad sobre nuestras decisiones y acciones, para Beauvoir los otros pueden acortar o permitir el ejercicio de la libertad a través de las posibilidades que se permiten. En este sentido, el varón ha acortado la libertad de la mujer, se le ha propiciado una situación que la obliga a depender.  

También considera que a la mujer se la define como próxima a la naturaleza, más próxima que el hombre, ya que tiene la posibilidad de parir y dar vida. Pese que tanto a hombres y mujeres dentro de la religión se les atribuye características próximas a lo natural, las características de la mujer han ido adquiriendo una connotación negativa, por ejemplo, “débiles y pecadoras”.

Posteriormente Beauvoir agrega dos premisas adicionales, que el género es construcción social, y que no existe una esencia femenina universal. De esto se rescata, que el género es un aprendizaje de lo que se atribuye que le corresponde a cada individuo por ser hombre o mujer. Dado que este es una construcción, las características consideraras naturales a hombres o mujeres, son adquiridas y no pertenecientes al sexo.

Considero que este feminismo logra llevar al cuestionamiento, y eso es de mi agrado. Me parece que el cuestionamiento es esencial como crecimiento personal. Existen muchos aprendizajes dentro de la existencia de cada individuo y algunos son conscientes, pero otros son absorbidos sin llegar a cuestionar que tanto ese aprendizaje me será útil o sano dentro de mi vida. Además el creer que las cosas deben ser de cierta manera, la rigidez y la polaridad moral, en mi opinión solo son generadores de conflicto, no creo que exista una deber ser absoluto, creo que el deber solo es una excusa para no manifestar lo que uno quiere ser o hacer.

Me gusta que se llegó a cuestionar la forma en que se creía que debían ser hombres y mujeres, y fortalecen la posibilidad de ser diferente, como mujer. Además, el tocar los puntos de identidad, estereotipos, exigencia en Friedman me parece importante, porque reconoce los problemas psicológicos que se manifiestan ante la presión social. Los constructos sociales son modificables, cuestionarlos ayuda a modificarlos, y el que sean modificables los adapta a las necesidades de la población a la que pertenecen. Idealmente se debieron modificar antes.

Por parte de Beauvoir, me quedo con sus dos premisas finales, donde se reconoce que no hay nada perteneciente per se al ser hombre o mujer, y que solo es algo que se creyó en determinado momento y que se continuo repitiendo con el paso del tiempo. Sobre la parte del otro, yo personalmente, puedo notar que socialmente son mejor reconocidas las características atribuidas al varón, se les considera fríos, inteligentes, decididos, etc. Y a las mujeres sensibles, cambiantes, amorosas, y sumisas, etc. Para empezar, partimos de que estas son atribuciones, y en segundo lugar, socialmente son connotadas positivamente las primeras, mientras que el ser “sensible” se ha reconocido como algo negativo y que debe ser evitado. Se ha considerado que para triunfar se debe ser frío, por ejemplo, o que el éxito se mide en triunfos laborales (esfera asignada al hombre), o si nos vamos más profundo, se mide felicidad con triunfo, competencia y no con estabilidad emocional.

Mi formación actual es gestáltica, por lo cual yo enlazo el termino “aprendizajes obsoletos” con el feminismo, donde para mí, el “deber ser”  como mujer o “superwomen” es causante de conflicto. Aunque en nuestra época no lidiamos con roles laborales y del hogar como principales problemas, siguen presentes, la doble jornada a 50 años del libro, sigue siendo un problema dentro de las parejas.

Otros temas que considero se pueden ver en terapia son la identidad y sobre qué la estamos construyendo, qué aprendizajes obsoletos son causantes de conflicto. Para mí ahí entra el género y lo no esencialista, desde los estereotipos físicos, sobre cómo debe ser el cuerpo, cómo se debe actuar, la constante búsqueda de validación en entornos sociales y de pareja. El crear autonomía, la relación de pareja desde crecimiento y no violencia. La terapia gestáltica se basa en el contacto con la emoción y en la toma de decisión, la responsabilidad y la autoaceptación, ese punto lo conecto con el validar las emociones, ya que se han considerado como algo “esencialmente femenino” y por ende, atribuidas como algo negativo. Enlazo los introyectos como conflictos con las expectativas que los demás puedan tener por mi género, y lo difícil que es cumplirlas, el malestar emocional que ello puede provocar.

Entendiendo la psicoterapia como un proceso de aprendizaje y cambio. En práctica psicoterapéutica se puede identificar los introyectos provenientes del patriarcado y convertirlos en algo positivo para la persona. Se puede construir autonomía y libertad, iniciando por fomentar el autocuidado, autoaceptación, amor propio y construir caminos personales, poder expresar necesidades a los demás y a sí mismas. También en sexualidad es importante la aceptación para tomar decisiones, para poner límites, y ser capaces de definirse en relación a sí mismas y no a lo que el otro espera, para prevenir que se creen relaciones de violencia y/o dependencia. Promover la creación de redes de apoyo.

Concluyendo, veo necesario un empoderamiento de la mujer en psicoterapia, identificar cuando no se da su lugar a sí misma, y que aprenda a luchar por su propios deseos, necesidades e intereses. Que se definan límites, contacto con emociones y conductas de autocuidado y protección. Iniciar con que ella deje de definirse como “la otra” y se convierta en el ser principal de su existencia. Pero todo este trabajo de autoobservación y cuestionamiento personal, debe ser un ejercicio personal que la terapeuta haga previamente.

Referencias
Friedan, B. (1963), La mística de la feminidad. Editorial: Sagitario. Barcelona, España

Heras, S. (2009), Una aproximación a las teorías feministas. Universitas. Revista de Filosofía, Derecho y Política, no 9, pp. 45-82, ISSN 1698-7950

Simone de Beauvoir. (2005). El segundo sexo. Barcelona: Ediciones Cátedra.

La paradoja de la sororidad

|Por: Alejandra Montalvo|

Mi acercamiento al concepto de sororidad me llegó de manera pragmática y solitaria. Digamos que se remonta a la primera vez que me acerqué a las lecturas feministas que sacudieron mi zona de comodidad. Esos textos radicales que me invitaban a cuestionarme, comprender que estaba sumergida en una estructura de orden patriarcal que me orientaba a seguir las pautas normativas de feminidad, lo que refuerza la heterosexualidad obligatoria y por ende, las relaciones de asimetría y dependencia que caracteriza nuestra condición de mujeres frente a la de los hombres.

Tiempo después, y gracias al apoyo de otras mujeres valientes y fuertes como mi madre, tuve el “privilegio” de acercarme al “conocimiento letrado”, ingresar al debate epistémico de las teorías feministas cursando uno de los pocos posgrados que defiende la dimensión política de la categoría de “las mujeres”. En ese espacio conocí a mujeres comprometidas con la militancia y la praxis feminista. Mujeres que me enseñaron la importancia de generar una mirada crítica a la cultura y las nuevas formas que adquieren los sistemas de opresión patriarcal, racial y capitalista.

Fuera de las aulas también encontré un espacio de interlocución feminista, donde por vez primera pude verbalizar lo que me estaba pasando: mis malestares, mis decepciones con el sexo opuesto, la violencia del patriarcado y sus instituciones, el miedo infundido a mi propia corporalidad y la obligación por alinearme y cumplir determinadas expectativas provenientes del régimen heterosexual. En esas pláticas llevadas a cabo ya sea en la sala de mi casa, mi recámara o el patio de la escuela, es donde entendí lo importante que era priorizar nuestras relaciones frente a una cultura heterosexual y misógina que nos obliga a competir entre nosotras, porque afirmar nuestro amor y amistad es un acto revolucionario que amenaza la lógica de dominación masculina.

Fue precisamente en ese lugar donde aprendí y valoré los lazos entre nosotras basados en la sororidad, aunque también fui susceptible de sus alcances y limitantes en términos políticos y epistémicos. En pocas palabras, comprendí que cada una de nosotras tenemos diferencias, ¡y vaya que son muchas!, desaparecerlas con la intención de crear una identidad homogénea sobre el “ser mujer” resulta un acto violento que niega la especificidad de la experiencias de muchas mujeres ubicadas en los márgenes de las estructuras de poder, lo que prioriza las demandas y reivindicaciones de aquellas compañeras ubicadas en situaciones de privilegio, ya sea desde la clase, la heterosexualidad, el color de piel, los capitales culturales, las adscripciones espirituales, entre otras fronteras/estructuras que marcan nuestras condiciones de existencia en este mundo.

Comprenderlo fue doloroso, nuestros utópicos encuentros de transformación social al interior de ese espacio feminista pasaron a ser luchas de poder por la palabra, por la necesidad de validar y señalar quién o quiénes eran más feministas o no, sin considerar el proceso individual por la que cada una de nosotras pasamos para desmontar los mitos patriarcales que tenemos interiorizados y las maneras en cómo vivimos determinadas opresiones específicas, incluso las de género. En este amar entre mujeres aprendí que de nada sirve el “sisterhood” si no comprendemos el carácter patriarcal y las acciones sexistas que muchas veces replicamos cuando nos relacionamos entre nosotras. 

Pasar por todo ese subir y bajar de emociones me hizo convencerme de que necesitamos generar alianzas de la forma más horizontal posible. Comprender que no sólo existen estas fronteras sino que también es necesario construir relaciones y complicidades entre nosotras sustentadas en una sólida base ética de carácter feminista que permitan generar espacios de confianza, en donde podamos encontrar puntos de encuentro e identificar los procesos vivenciales que tenemos en común, señalando nuestras diferencias y desmontando privilegios, de otro modo sería imposible no seguir reproduciendo relaciones de carácter jerárquico y sexistas.    

Pese a todas estas consideraciones sigo convencida de que la sororidad es importante, es un término que invita a pensarnos fuera de los pactos patriarcales, nos motiva a tejer alianzas entre nosotras, pero creo que es peligroso hacer uso de la palabra de manera acrítica e idealizada si antes no cuestionamos el sexismo, el racismo y el clasismo interiorizado en cada una de nosotras, porque recodemos que estos sistemas de opresión van en cadena, siempre articulados y nutriéndose unos a otros. Sin estos procesos, me parece que posiblemente perpetuemos con nuestras acciones formas de violencia patriarcal. Creo esa la contradicción más grande de la sororidad, que es una ficción, pues las mujeres tienen diferencias, en especial políticas y materiales. Existen fronteras y límites subjetivos entre todas. Lo que no nos impide hacer complicidades estratégicas en ciertos momentos coyunturales. El “sisterhood” imaginado como diversas unidades de comadres que nos permitan tejer juntas, a pesar de nuestras diferencias, siempre desde la complicidad y el acompañamiento.

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