S i l e n c i o s

|Yessika María Rengifo Castillo|

Fríos de la pared

se roban la magia de sus ojos.

Luces se tiñen de gris

entre profundos llantos.

Las escaleras retienen

huellas de su dulce caminar.

Caminar que se ha ido

por las ventanas tristes

rogando silencios 

que no vendrán, inspiración mía.

Siento

|Por Leslye Amaya|

En tiempos de pandemia media noche puede ser medio día.
Unas horas más o menos son irrelevantes porque igual tengo que funcionar a partir de las ocho am para arrastrarme a la computadora y al celular. Así que aunque siempre puedo dormir, no siempre quiero. Y no lo entiendo porque es lo que más amo por las mañanas y lo que menos disfruto por las noches. Sobre todo cuando tengo dificultades para respirar en mis doce metros cuadrados. Somos demasiados pensamientos y yo en estos metros. Y no quiero quedarme sola con ellos. No quiero preguntarles ni que me pregunten nada. No quiero volver a invitarlos a mi cama para que me hagan sentir miserable porque nada de lo que pensé-planeé para mi vida a mis 31 es. Nada es. Nada es y eso es lo único que ellos y yo tenemos claro. Pero igual insisten.
Me meto a la cama y me cubro completa. Ahí están. Mis miedos. Todos, como siempre, todas las noches. Cada uno es muy especial y últimamente el que más atención ha necesitado es mi pequeño miedo a la soledad. Se hizo pequeño cuando comenzó la contingencia. De repente tenía en el mismo espacio al gato de mi hermana, al embrión de mi hermana, al novio de mi hermana y a la mamá de mi hermana. De repente ya no me sentía tan sola. Había demasiada invasión para sentirme sola. Y mi pequeño miedo comenzó a pensar que todo lo malo allá afuera se quedaría allá afuera.
Pero no sé porqué me habita ni porqué se muda allá abajo. Regresa a mi mente cuando apago la luz, cuando me quedo en silencio. A veces me es difícil abrazarlo porque ha crecido. A veces no está porque ese día una amiga me recordó que me quiere y que soy grandiosa.
Pero en tiempos de contingencia a veces pienso que necesito que me abracen los miedos. Y a veces me convenzo de que si nadie lo hace, moriré; hoy de soledad y mañana de frustración, porque 31 no es lo mismo que 29, ni lo mismo que 25. Porque encontrar al amor a los 29 no es lo mismo que a los 25…porque los escenarios se complican, porque las expectativas se elevan, porque nadie las alcanza, porque son irreales, porque son mías, son mías amigas de mis miedos y juntos no me van a llevar a ningún lado… Mi terapeuta me lo decía mientras yo lloraba porque ya tenía 29 y me aterraba cumplir 30.
Desde entonces y ahora, casi todas las noches me pregunto… ¿Por qué te preguntas? ¿Porque quieres saber qué va a ser de ti? ¿Por qué quieres saber para qué estás viva? ¿Nos sirve de algo que te lo preguntes? ¿Nos sirves?
Hace cuánto no sirves.
Hace cuánto no sientes.
[…]
A veces me sangran los huecos. Son muchos y uno cada vez más grande que el otro, cada vez con más habitantes que me preguntan todas la noches qué va a pasar conmigo, y me abrazan. ¡Me abrazan tanto y tan fuerte que me ahogan y entonces trato de matarlos! De matarlos diciendo que nada importa, que todas vamos a morir, que no hay nada que podamos hacer. Que estamos solas. Que estoy sola.
A veces no quiero respirar porque vivir así me resulta monótono. Y la monotonía es una forma de no vivir. Y yo no quiero eso, nunca lo he querido. Algunas amigas dicen que no debo pensar en la muerte. Que es una forma de atraerla.
“Esta noche son 765 defunciones acumuladas en Oaxaca”, “Ayer fueron 745”, “El domingo fueron 736”, “El sábado…”, “El viernes…”
[…]
Mis amigas.
Tengo de todo tipo. Y cada una me ama a su manera. Me ama desde lo que cree que necesito y me habla además desde lo que cree que sé. Y en este momento lo único que sé es que sin ellas, mi miedo sería real. Por supuesto a veces vuelve y me arrastra. Me hace sentir miserable y me recuerda que estoy sola y que si sigo como hasta ahora, feminista, me voy a quedar sola para siempre.
Tal vez…
Pero con ellas.
O con las que estén.

Cuando nuestra felicidad no es suficiente

Reseña de La dependienta de Sayaka Murata

|Por Nayeli Miranda|

Un día me puse a realizar mi rutina de youtube diaria, en la cual incluyo un par de videos de booktube. La creadora de contenido elegida para esa ocasión fue Raquel Bookish, así que vi su video sobre las lecturas que había realizado en invierno. Ahí fue cuando me encontré con La dependienta. Como estaba empezando mi búsqueda por autoras asiáticas para mi lectura, llamó mi atención y lo mandé pedir, quedándome con una grata experiencia.

Imagen obtenida de New York Times

La dependienta es una novela escrita por Sayaka Murata, una autora japonesa merecedora de diversos premios literarios. Desde muy joven encontró en la escritura un refugio contra un mundo sobre exigente y lleno de expectativas y prejuicios imposibles de alcanzar y superar. Su necesidad de cuestionar los estándares femeninos de su país la llevaron a crear personajes que se salían de la norma. Fue así que surgió Keiko Furukura, protagonista de la historia.

Keiko es una mujer de 36 años, soltera y que trabaja en un konbini (mini mercado japonés de 24 hrs). Su estilo de vida la lleva a ser blanco de preguntas incómodas referentes a su empleo, su estatus de soltera y su inexistente maternidad. Es la rara en todos los espacios sociales en los que cae: familia, amistades y compañerxs de trabajo. Su forma particular de ser provoca la preocupación de sus allegados que se preguntan: ¿cómo es posible que una mujer adulta no tenga más aspiraciones?

Sayaka Murata / Fotografía obtenida de The Japan Times

Para Keiko el konbini es su oportunidad de encajar en la sociedad. Tras una infancia en la que la tacharon de inadaptada, cuando estando en la universidad empezó a trabajar en el konbini sintió que pertenecía a algo y que aportaba a los demás. Por fin era una persona más. No obstante, que una universitaria trabaje en un mini mercado es considerado de lo más normal; pero, conforme crecía las miradas volvían a caer en ella            

La suerte de Furukura cambia cuando tiene un nuevo compañero de trabajo: Shiraha. Todo el mundo lo detesta por flojo, irresponsable y maleducado. Aunque ella, tras el despido de Shiraha, lo aloja en su hogar fingiendo una relación romántica que encienden las esperanzas de sus seres queridos. Ya no era la rara por la cual siempre se tenían que estar preocupando. Lo que no sabían es que  empezaría a vivir una serie de acontecimientos que la alejarían de ella misma por encajar en lo que la sociedad espera.

La novela de Murata me parece un metáfora perfecta a cómo la sociedad nos hace sentir insuficientes por no aspirar a sus estándares de éxito y felicidad marcados por el capitalismo y el machismo. Una sociedad donde le conviene que nos exijamos más y más para generar riquezas, sin importar si realmente nos sentimos vivaxs. Una sociedad donde se nos ve como un engranaje más y no como un individuax autónomax que busca estar en comunidad. Pertenecer sin perder la propia esencia.

Fotografía obtenida de Lectoras Cotorras

Fue una historia muy reconfortante. Me sentí en mi hogar, muy probablemente porque soy una persona introvertida. Empaticé mucho con la protagonista y sufrí cuando la veía alejarse de lo que amaba. Si bien, mi lectura la hago como mexicana, puedo entender la realidad de Keiko desde el momento en el que me percaté que la felicidad no es como te la pintan en los cursos de superación personal o de emprendimiento, puede estar en lo que considera pequeño, en el tiempo con una misma y en el compartir con lxs otrxs.

La felicidad no tiene un solo lado para todo el mundo. Cada quien la encuentra a su modo y aporta esencialmente a la sociedad. Furukura no era “solo una dependienta”, estaba atenta a las necesidades de los compradores según el horario, el clima, la época del año y la oferta de productos. ¿Qué haríamos sin que alguien se encargara de eso? ¿Por qué es tan desvalorizado? La sociedad nos inunda de quién sabe qué, pero algo hace sentir que no logramoss nada, cuando somos parte de muchas cosas. Así Keiko.

Recomiendo mucho esta novela si quieres una lectura ligera pero con profundidad. Es rápida aunque te deja pensando durante días. Opino que es una obra necesaria para cuestionarnos nuestros roles como mujeres en el mundo laboral y familiar, así como para empatizar con otro modo de ver la vida que no predomina en el imaginario colectivo. Siento que es una historia que aporta mucho en lo personal y en comunidad por lo cual sugiero que se echen un clavado en ella.